El puto efecto remember (III): Scream

Escrito por Víctor Sebastian
Categoría: Cine Publicado: Jueves, 10 Octubre 2013

Hay ocasiones donde los astros más imbéciles se alinean y crean un contexto que consigue transformar en especial a lo más banal e intrascendente. Puede ser por lo inesperado, porque estás con la guardia baja o porque eres gilipollas. Who knows. Por eso se crean modas como oler pegamento, tirarse a una piscina desde un balcón o ir al Arenal Sound. No sabemos si está en nuestros genes, si hay duendecillos que nos meten droga en el cola-cao o simplemente caminamos hacia una involución cerebral. El caso es que esa extraña energía convirtió, allá por 1996, un producto que tenía que haber sido carne de videoclub en un fenómeno de masas audiovisual.

A mi me pilló en pleno nacimiento de la adolescencia. En primavera de 1996 yo estudiaba 1º de la ESO (primera generación de la LOGSE, fuck yeah) y dedicaba los sábados por la tarde a ir con mis amigos a un famoso centro comercial de mi ciudad. Allí, jugábamos a los bolos, merendábamos en el McDonalds y, a veces, nos poníamos a seguir grupos de chicas por todo el lugar al dictado de nuestras incipientes hormonas. Imagino que lo único lógico que hacíamos en esas tardes de sábado era ir al cine. Recuerdo dormirnos con The Game  o alucinar con Space Jam. Sin embargo, nada comparable a lo que pasó una tarde de la primavera del 96. Ese día íbamos sin pretensiones ni ideas prefijadas. Miramos la cartelera y dudábamos entre dos películas de terror. La primera era no recomendaba para menores de 13. La otra, no apta para menores de 18 años. Obviamente, elegimos la segunda. El film descartado era The Relic, de la que nadie se acuerda. La elegida, de la que no conocíamos absolutamente nada, era Scream.

 

Normalmente las altas expectativas suelen matar a las películas, por ello, y aplicando la regla de tres inversa, no hay nada mejor para un film que nadie espere absolutamente nada de ella. Y así entré yo a ver Scream. Y así estaba todo el cine. Ese factor, añadido a una inteligente campaña de publicidad, en la que nunca se mostraba la apariencia del asesino en los trailers, potenció su boom. Bueno, y supongo que Wes Craven hizo el resto.

Kevin Williamson, guionista de Scream (y creador de la horrenda The following), cogió todos los tópicos del género y los puso delante de un espejo. El resultado final se quedó a medio camino entre una historia de terror con tintes cómicos y una historia cómica con tintes de terror. Paradojas del destino, la tituló originalmente como Scary Movie. Scream resucitó un género que estaba muerto a la vez que se reía de él. El slasher había vivido su años de gloria en los ochenta con sagas como Halloween, Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street (del propio Wes Craven). Ya sabéis, un psicópata se dedica a asesinar a adolescentes dejando para el final a la virginal protagonista. En Scream, a la par que se iba matando gente en la peli, los personajes iban vaticinando cual podía ser el siguiente en caer. Bastaba con repasar el largo historial de películas de terror. Todo muy loco.

Esta meta-historia catapultó (a la vez que encasilló) la carrera de Neve Campbell y sirvió para  ver a Courteney Cox en un papel diferente al de Monica de Friends. Además, pudimos ponerle cara y bigotillo al (ex)marido de esta, David Arquette (de los Arquette de toda la vida), el cual interpretaba al patoso agente de policía. Junto a ellos, una serie de teenagers haciendo de nerds, tetonas y hasta un doble de Johny Depp. Todos ellos eclipsados por la gran (va sin segundas) Drew Barrimore que en el último minuto rechazó el papel protagonista a cambio de abrir la película con la escena inicial. Sin duda, lo mejor del film y que se convirtió en marca de la casa del resto de la saga (hasta llegar a la delirante apertura de Scream 4). En esa primera escena está toda la esencia de Scream: llamada de teléfono, chica sola en casa con rídiculo suéter, referencias al cine de terror, cuchillos, sangre...

Y la máscara, claro.