Aquí estoy, viendo el video de N.Y.C. que han realizado estos golfos de Entre Golfos. Qué ilusión me hizo cuando J. Golfo me escribió para decirme que habían rescatado material del que tenían de nuestro encuentro-entrevista en El Varadero de Gandía, donde Emilio Saiz y yo tocamos Nowhere Fast y NYC para ellos antes de dar nuestro concierto. La verdad es que me ha gustado mucho el video, me gusta que la gente haga sus propias interpretaciones de las cosas que cuento y últimamente parece que los gatos están bastante presentes por mi alrededor, así que me ha sorprendido alegremente.
Tengo muy buen recuerdo del día que grabamos este video, el día que Emilio y yo conocimos a esta pandilla de golfos. Llovía en Gandía y era domingo, habíamos tocado hacía dos días en el Greenspace de Valencia, con Iván Ferreiro, y el día anterior habíamos ido a ver a Quique González y La Aristocracia del Barrio a Gandía, muy cerquita de Tigrus, el estudio donde se grabó Mentiroso Mentiroso.
Si observáis vuestro televisor notaréis que por fin se ha producido el apagón analógico. No, no me lo estoy inventado. Id a vuestro televisor, ¿está apagado, verdad? ¿Cuánto tiempo lleva así? Mucho, lo sé. Y la respuesta la sabemos todos: la programación es una mierda. Décima edición de Gran Hermano (récord mundial), la Obregón y Ortega Cano "bailando", Emma García y su vergonzoso programa... Quizás las cadenas no estén perdiendo una gran cantidad de audiencia, pero sí que pierden en calidad de audiencia. La gente con un mínimo de criterio no quiere saber nada del Tirantes y la Otra, de Peñafiel o de diarios de Patricias. Esas personas quieren ver a dos hermanos que se escapan de una prisión, a unos náufragos en una extraña isla o a seis treintañeros que viven repartidos entre dos apartamentos de New York.
Se llamaba Sara. La conocí un verano cualquiera, hace tantos años que la memoria corrige mis errores y la melancolía maquilla el recuerdo lo suficiente para que no duela y pueda escribirse sobre él. Yo todavía iba con mis padres a Calpe, a un apartamento en la playa que teníamos hace tiempo. Ella iba con su familia cada verano. Bendita canícula, ya que aquellos días de agosto eran lo más parecido a un amor de esos que tanto me asombraba en las películas que veía en la tele. Mi tía preparaba Tang de limón y yo escribía desde la terraza versos, que hoy me parecen tan tiernos como ridículos, mientras vigilaba su balcón. Ella era la principal razón de mi existencia durante aquellos días. Yo era un tópico con patas, pero todavía no conocía nada de la vida, casi como hoy, pero con 13 años. Nunca crucé una palabra con ella. Si sé su nombre es porque se lo escuché a sus padres cuando la llamaban para que subiera a comer mientras ella tomaba el sol en el borde de la piscina. Jamás deseé tanto ser el sol que besaba su piel, el agua que columpiaba un pie que se balanceaba en el agua... Sara... sólo de pensar en ella la respiración me jugaba malas pasadas... soñaba... soñaba con su larga melena peinada por el sol, desordenada por el viento, mecida por las olas... y cada noche, me hacía el amor con su recuerdo a modo de peculiar homenaje, de tierna e infantil dedicatoria, una suerte de vudú sentimental.
¿Qué pensaría tu madre si le dijeras que vienes de Barcelona de jugar con Son Goku, Sailor Moon y Naruto, entre otros? Mi madre, la pobre, dejó de pensar en qué pudo haber fallado mi educación, o yo directamente, a muy temprana edad. Concretamente el día que le vacié entero el congelador de la nevera para poner todo el género delante del ventilador porque me percaté de que no había cubitos en él. Y es que tengo que reconocer que yo de pequeño pensaba que los cubitos de hielo era lo que enfriaba el congelador. Pero eso era de pequeño... no tendría ni veinte años aún.
El caso es que hace dos fines de semana me fui a La Farga de l'Hospitalet, al decimocuarto salón manga. Cabe decir que no fui en plenitud de facultades, pues la noche anterior, que fue Halloween, salí hasta las siete, cómo no, cumpliendo y esta vez sin vomitar nada.
Escribir telenovelas no es tan fácil como parece. Hay que estudiar meses, años, lustros, antes de poder siquiera pensar en un título prometedor. Pensemos en el siguiente diálogo, el cual pertenece a una telenovela mía llamada "Acequias de pasión", título que tardé once años en concebir:
- ¿A qué has venido, Jorge Juan Basilio Alberto Nostradamus Etzequiel Silverstone?
- He venido a por la hija que me robaste antes de que naciera.
- No está.
- Yo creo que sí.
- Yo creo que no.
- ¿Sabes?...siempre pensé que eras una bruja. Lo sospeché desde el primer día en que te conocí. Aún puedo recordar cuando me dabas la merienda diciendo que era Nocilla, cuando claramente era Nutella. Menuda zorra estás hecha.
Capítulo 6 - Mala estrella
Algunas veces se me olvida que tengo vista de águila y que la barra es mi perfecta atalaya de vigía. Hay mujeres que, cuando llegas a su alma, te das cuenta de que has avistado tierra pero que, cuando las conoces, caes en que, una vez más, están rodeadas de agua y te aislan, te encierran claustrofóbicamente entre paredes de agua y tratan de acabar contigo. No te queda otra, virar el rumbo, ajustarte los tapones en los oídos e izar la enlutada tela con tibias y la calavera... y partir hacia los mares de otros ojos, deseando fondear en vírgenes miradas en las que clavar tus ojos con punciones visuales que alteren sus sentidos y enrojezcan sus mejillas.
Esta noche quería hablaros de la decepción, puesto que casi siempre tiene nombre de mujer. Lo bueno que tenemos los hombres es que decepcionamos de entrada, pues no somos más que hombres... las mujeres que nos encienden cierta luz en la mente, en cambio, suelen desencantarnos a medio plazo, pues arrojan repentinos silbidos de luz de neón que no llegan a buen puerto, pues se enredan sus filamentos y funden nuestras torpes bombillas... En fin, que todo cambia...