Se llamaba Sara. La conocí un verano cualquiera, hace tantos años que la memoria corrige mis errores y la melancolía maquilla el recuerdo lo suficiente para que no duela y pueda escribirse sobre él. Yo todavía iba con mis padres a Calpe, a un apartamento en la playa que teníamos hace tiempo. Ella iba con su familia cada verano. Bendita canícula, ya que aquellos días de agosto eran lo más parecido a un amor de esos que tanto me asombraba en las películas que veía en la tele. Mi tía preparaba Tang de limón y yo escribía desde la terraza versos, que hoy me parecen tan tiernos como ridículos, mientras vigilaba su balcón. Ella era la principal razón de mi existencia durante aquellos días. Yo era un tópico con patas, pero todavía no conocía nada de la vida, casi como hoy, pero con 13 años. Nunca crucé una palabra con ella. Si sé su nombre es porque se lo escuché a sus padres cuando la llamaban para que subiera a comer mientras ella tomaba el sol en el borde de la piscina. Jamás deseé tanto ser el sol que besaba su piel, el agua que columpiaba un pie que se balanceaba en el agua... Sara... sólo de pensar en ella la respiración me jugaba malas pasadas... soñaba... soñaba con su larga melena peinada por el sol, desordenada por el viento, mecida por las olas... y cada noche, me hacía el amor con su recuerdo a modo de peculiar homenaje, de tierna e infantil dedicatoria, una suerte de vudú sentimental.
El último día, mientras mis padres cargaban las maletas en el viejo mercedes 300 plateado, fui a comprar un Calippo y me crucé con ella. Me dijo ‘Hola' y tan sólo supe sonreír, ni siquiera respondí, me quedé congelado. Ella también se marchaba ya, sus padres distribuían el equipaje en el maletero del coche, justo al lado del nuestro. No compré el polo... me acomodé en el asiento trasero con mi carta de amor en las manos, releyéndola. En ese instante, justo a la salida de los apartamentos... mi padre bajó la ventanilla y se puso a hablar con el suyo. Era mi oportunidad, ella estaba allí, mirándome desde el otro coche. Por primera vez pensé que sí me miraba, que todo era posible, que podía darle la carta... Bajé la ventanilla y justo nuestros padres se despidieron... no me dio tiempo... había tenido todo el verano... lo tenía merecido.
Me quedé acariciando la ventana, como un preso en una visita, mirando cómo se alejaba el amor más puro que he tenido en mi vida. Nunca hablamos, nunca hubo nada entre nosotros, pero todavía hoy lloro si releo aquella carta tan bonita que guardo en un cajón. Nunca escribiré nada igual, tan sincero, tan honesto, sin adornos ni disfraces, sólo unos versos que laten, suspiros que aún duelen... No volví a verla ningún verano, pero sé que nunca he querido igual a nadie y que jamás podré querer igual.
Sara, donde quiera que estés....



