Soy un detective buenísimo

Escrito por Alberto Pérez Castaños
Categoría: Todo lo Demás Publicado: Lunes, 27 Enero 2014

Recientemente he empezado a ver Sherlock, una serie genial producida por la BBC y que está basada en los personajes de la última película de Garci. Mientras la disfrutaba he recordado lo mucho que me gustaban de pequeño las historias de detectives, con las que me obsesioné hasta tal punto que me llegué a convertir en uno y pasé a dedicar mis tardes a resolver los misterios de mi barrio. Siempre se me podía ver por la calle con mi bloc, tomando notas de todo lo que veía, preguntando a todo el mundo de manera insistente, a veces durante horas, persiguiéndoles por la calle con mi irritante voz de pito y confiando ciegamente en la ley no escrita que impide a un adulto pegar a un niño un puñetazo en la cara.

 

Pese a que nadie daba un duro por mí, gracias a mi ímpetu me convertí en un detective buenísimo y logré resolver algunos casos que la policía no fue capaz de hacer frente. Algunos llegaron a ser auténticos quebraderos de cabeza para la gente de mi barrio, como el caso del “Niño que Molestaba a la Hora de la Siesta Haciendo Preguntas por el Telefonillo”, que al final resulté ser yo. Finalmente tuve que dejar de lado mi carrera debido al estrés que me produjo recibir tantas peticiones. Todas concretamente pidiendo que me suicidase.

Aunque hay algo innegable, y es que un detective, aunque no ejerza de manera directa, siempre está pendiente de todo. Es una especie de instinto natural, algo que no se puede evitar. Por ejemplo, todos sabéis que un buen detective debe tener una capacidad deductiva casi sobrenatural y ser capaz de saberlo todo de una persona sólo con verla. Eso yo lo puedo hacer porque, claro, soy un detective buenísimo. Y no puedo evitar observarlo todo y deducir información de las personas a las que veo. Por ejemplo, el otro día estaba en la panadería y entró una señora muy desagradable que se intentó colar. Al instante supe que esta mujer era un ama de casa amargada, casada con un hombre que trabaja conduciendo camiones al que odia y con dos hijos que nunca la llaman: Javier, de 34 años, moreno y de metro ochenta; y Andrés, de 30 años, de metro setenta y tres, con halitosis y alérgico a los cacahuetes.

Para nosotros los detectives esto es pan comido, pero comprendo que pueda impresionar tal despliegue de genialidad. Aunque hay mucha gente que no se toma nada bien que lo sepas todo sobre ellos sólo con mirarlos, como fue el caso de esta señora. Como se coló y yo no puedo soportar a la gente maleducada  no dudé en increparla y, ya que conocía tantas cosas sobre ella, fui a donde más duele, a lo personal, sacando a la luz delante de todo el mundo sus miserias familiares. Sin embargo, ella se empeñó en que estaba equivocado, que todo lo que decía era completamente falso, quedando en ridículo, claro, porque yo nunca jamás me equivoco. Empezó a gritarme que dejase de decir tonterías, que no había acertado nada, que no tenía dos hijos, sino uno, y podía comer cacahuetes sin problemas, y que su marido no conducía camiones, de hecho no tenía marido, porque no era una señora, sino un hombre llamado Jose Luis. Es cierto que aquello tenía algo de sentido, ya que me pareció un poco raro que una señora tuviese tanta barba, pero no podía ser cierto porque, como ya he dicho antes, nunca fallo en mis deducciones, así que le demostré que llevaba razón tirándole las barras del pan al suelo de un manotazo y huyendo de allí dejando un hueco con mi silueta en la pared.

Una de mis partes favoritas de ser detective son los gadgets, esas pequeñas herramientas destinadas a hacer más fácil la vida del investigador privado. Los hay clásicos, como la lupa, pero sin duda mi favorito siempre ha sido el periódico con dos agujeros en el centro, posiblemente el mejor método de camuflaje jamás ideado. Algunos detectives modernos están en contra de su uso porque piensan que es un gadget totalmente obsoleto con el que es muy fácil que te descubran. En cierto modo creo que llevan parte de la razón y es posible que como herramienta de trabajo esté algo pasada de moda, pero es porque ya nadie lee periódicos en papel, sino ediciones digitales, por eso me he comprado un iPad y le he hecho dos agujeros. Ahora soy prácticamente invisible al ojo humano.

Debéis saber que hay dos factores que son determinantes para diferenciar a un detective mediocre de un detective buenísimo: su forma de vestir y su personalidad. Los detectives mediocres van vestidos como gente mediocre, como ciudadanos de a pie. De esos no te puedes fiar. Sin embargo, los detectives que valen la pena son los que llevan gabardina. La gabardina es el uniforme oficial del investigador de élite. Como de niño era muy pobre y no me podía permitir una gabardina me ponía una bolsa de basura con dos agujeros para sacar los brazos. A veces, con suerte, la bolsa estaba vacía. Pero ahora que me lo puedo permitir la uso a diario, porque se lo debo a mi yo de niño, y también porque es la mejor manera de salir a la calle desnudo sin llamar la atención de la policía. En serio, probadlo, os ahorraréis un dineral en ropa.

El otro factor clave para ser un detective buenísimo es la personalidad. Un gran detective debe tener una personalidad muy fuerte, adrezada con pequeñas muestras de excentricidad para terminar de ser una figura lo más potente posible. Esto es muy importante porque cuanto más reconocible seas, más famoso serás, y cuanto más famosos seas, más casos te encargarán, y cuantos más casos te encarguen más podrás usar el iPad con dos agujeros.

Es fácil saber cuando un detective tiene una personalidad fuerte, digna de su grandeza profesional. Por ejemplo, cuando entra en una escena del crimen y, de repente, la sala se llena sólo con su presencia, como ocurre con los capos de la mafia o las tonadilleras. O porque nadie se atreve a refutar sus primeras impresiones sobre el caso por muy disparatadas que sean. Y si esto, por algún motivo, llega a ocurrir, si de verdad quieres ser un detective buenísimo como yo tienes que responderle a quien osa cuestionarte con una réplica humillante usando tus habilidades de deducción. Pero humillante PARA ÉL. No lo hagas al revés. No le digas, por ejemplo, que cuando tenías cinco años te pillaron bailando “Barbie Girl” de Aqua delante de un espejo llevando sólo puesto un sujetador de tu madre. A mí no me pasó esto, por supuesto. El sujetador que llevaba era mío.

Otra cosa que ayuda mucho a potenciar la imagen de un detective es su manera de hablar. Queda muy bien, por ejemplo, el acento británico. Le da un toque de clase y distinción al investigador. Yo, sin ir más lejos, siempre hablo con acento británico, aunque no tenga ni idea de hablar inglés. No importa. Creo que me hace parecer una persona más elegante y queda muy bien con mi gabardina.

Para lograr un acento británico pulido podéis hacer dos cosas: nacer y/o criaros en Gran Bretaña (opción sólo válida si todavía no habéis nacido o sido criados), o bien podéis poneros en contacto con Lucía, la corresponsal británica de Sesión Golfa. Lucía vive y trabaja en Inglaterra de profesora y sabe bastante del asunto. A mí me enseñó todo lo que sé y los resultados fueron tan buenos que hasta una vez me confundieron con un hooligan del Manchester en una pelea. Ahora no tengo dientes y me alimento sorbiendo por una pajita, pero cuando hablo parezco un personaje de Only Fools and Horses y, por supuesto, sigo siendo un detective buenísimo. Y eso no me lo quita nadie.